Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas susfuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes ymansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trotecochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancosdesigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repechodel camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, alpasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declivedel no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda alllevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros loque se pescaban, y alguna quinta de personaje político, algunainfluencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.
Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa,encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembrosdelicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a nodesmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto deamarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que eltraje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y pocagracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas porclérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eranasimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba caladohasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lohiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajoel cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordadode cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica:inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos desalir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo alcuartago como s